Microrrelato. Amanecer azul

Autor: Samuel Papí Gálvez

«Bienvenidos a Cavi Angusti».

            —Otro cartel de bienvenida. ¿Cuántos van ya?

            —Hemos recorrido todas las vías subterráneas de acceso y no le hemos encontrado, solo espero que no saliese por algún conducto hacia el exterior.

            —Spirit no sería tan estúpido, no digas eso.

            —Lo único que podemos hacer es avisar a las autoridades. Con un poco de suerte los sensores de seguridad le habrán captado.

            —¿Quieres dejar de buscar? ¡Ni de broma!

            —Cariño, llevamos varias horas buscando por los túneles de la ciudad, la batería del coche se encuentra en las últimas, debemos volver. No podemos hacer otra cosa.

            —Es nuestro hijo peludo. ¿Estará bien? ¡Solo y desamparado! ¡Si no lo hubieras soltado!

            —¡Oye! No me vengas con esas. Eras tú la que decía que necesitaba correr un poco. No me culpabilices a mí sola.

            —Es cierto, lo siento. Estoy demasiado nerviosa para pensar; volvamos, intentaremos dar parte a las autoridades.

            —Con suerte nos ayudarán, no querrán tenerlo paseando suelto, por una ciudad tan vulnerable.

            —¿Vulnerable?

            —¡Claro! Ya no estamos en la Tierra, ¿recuerdas?

            —No me había percatado. Quizás sospechaba algo por los amaneceres azules y los días rojos que se pueden ver a través de los ventanales de los túneles colgantes.

            —¡Ahora te pones sarcástica! No lo decía por eso.

            —Ya sé, lo dices porque una mascota perdida puede generar daños a los sistemas. Soy arquitecta, especialista en ciudades marcianas, ¿recuerdas?

            —Sobre todo una de su tamaño. Un shepweiler nacido en la baja gravedad del planeta no puede pasar desapercibido.

            —Es sorprendente, creció mucho, aunque sus músculos se atrofiaron. Pobre, necesita correr más.

            —Otra vez con lo mismo, ya te lo dije, por mucho que corra, no va a mejorar. La vida debe adaptarse a las condiciones de este mundo, es necesario, a nuestros hijos también les ocurrirá.

            —Bien, comprendido, señorita bióloga molecular.

            —Buf, estás insoportable. Menos mal, llegamos a casa.

—¡Spirit! ¡Aquí estabas! —De un plumazo abrió la puerta del vehículo en marcha, se abalanzó hacia su gran amigo con patas para abrazarlo y él le respondió con cientos de lametazos—. Pensaba que te habíamos perdido. ¿Has vuelto al módulo de casa solo?, eres un genio. Buen chico.

            —Una sorpresa, nosotras buscándote y resulta que estabas en casa.

            —No le hagas caso a mamá, la mami te quiere más. Yo hubiera ido al fin del mundo, aunque tuviera que escalar el mismísimo monte Olimpo.

            —¿Ves?, no había motivos para preocuparse. Vamos dentro, anda.

            —Tú nunca te preocupas.

            —Cierto, me ocupo.

            —Por eso te amo, muack. A casa, Spirit.

Publicado por SamuelPG

Bienaventurados los curiosos. Curiosidad..., la fuerza invisible de todo ser consciente.

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